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miércoles, 17 de octubre de 2012

Negarlo cerrando los ojos, o cambiar.



ESPECISMO
Es preciso tener una visión muy elevada y un distanciamiento apropiado del propio ser para romper con el especismo que me hace peor persona de lo que sé que puedo llegar a ser.
Cuando maduré mi decisión de hacerme vegetariana, hace ya unos diez años, lo hice con el propósito de evitar algo del sufrimiento que mis hábitos alimenticios causaban. 

Hábitos, por otro lado, basados en la ignorancia y la mentira que una sociedad poco evolucionada en este aspecto me había hecho creer desde niña. Pero nunca me paraba a reflexionar acerca del papel real del ser humano en el planeta, de su relación con los otros animales y de las diferencias reales entre ellos y nosotros, porque cuando lo intentaba, llegaba a una ventana, asomaba por ella mi entendimiento y sentía vértigo.
Ahora he superado ese miedo y poco a poco soy capaz de afrontar que soy una más. Que no hay ninguna diferencia basada en la razón, en la evolución o en la naturaleza que me otorgue más derechos por el simple hecho de haber nacido blanca, ni por haber nacido mujer, ni por ser española, ni por haber nacido humana. Y que si nunca he sido sexista, si jamás he albergado atisbo de racismo o xenofobia, ¿por qué soy especista? ¿Por qué no soy capaz de comprender que el lugar de supremacía que ocupa el ser humano en la Tierra se basa solo en la fuerza y el sufrimiento y gira entorno a una idea ancestral e irracional de antropocentrismo? Siempre he tenido la firme convicción de que el fuerte no tiene derechos sobre el débil, sino la obligación de protegerle; que está mal que el listo se aproveche del incauto. 
¿Por qué no extrapolar esta máxima a mi relación con todos los seres capaces de sentir?
Durante este tiempo he escuchado argumentos que pretendían desmontar mi intento de equiparar animales humanos y no humanos. 
A nadie le gusta comparar a un cerdo con un bebé y la ofensa está servida cuando pregunto que cuál es la diferencia. ¿Saben por qué? Porque no la hay. Un bebé razona menos que un cerdo (no exagero: los estudios demuestran que un cerdo tiene el entendimiento de un niño de tres años). Por lo tanto, la diferencia está en la especie. Llegados a este punto y, teniendo en cuenta que tengo un hijo, es fácil caer en la demagogia. No lo hagan. Lo están comenzando a comprender y les da vértigo. A mí también me pasó. Pero la solución es sencilla. Basta con dejar a un lado el especismo que nos hace inferiores; basta con sobrevolar tu propio ser y, desde arriba, verte a ti mismo en este mundo y la distancia que te separa de los demás.
Quiero invitarles a visitar la exposición fotográfica que durante estos días alberga el edificio de La Alhóndiga. Sé que no les va a dejar indiferentes porque nos demuestra a todos el sufrimiento que hay detrás de un filete, de unas botas, o de una crema. Y eso molesta. Molesta mucho porque solo nos deja dos salidas: negarlo y continuar con los ojos cerrados, o cambiar. Entenderé que salgan de La Alhóndiga y sigan con sus vidas. 
Cambiar es incómodo y, al fin y al cabo, usted no es un cerdo, ¿no?

Ada Nafría Prada.
Defensa Animal Zamora.






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